«Di toda la verdad, pero dila sesgadamente», escribió la poeta Emily Dickinson, sugiriendo que, como la verdad y la gloria de Dios son algo «demasiado brillante» para que los seres humanos vulnerables las entiendan o las reciban por completo de una vez, es mejor que compartamos la gracia y la verdad divinas de formas «sesgadas»; es decir, mansas, indirectas. Porque «la Verdad debe resplandecer gradualmente / o todo hombre será ciego».