Hace unos años, un hombre caminaba una cuadra delante de mí, con los brazos llenos de paquetes. De pronto, tropezó y se le cayó todo. Una pareja lo ayudó a pararse y a juntar las cosas. Pero dejaron algo: su billetera. La levanté y corrí, siguiendo al desconocido y esperando devolverle ese importante artículo. Grité: «¡Señor, señor!», hasta que capté su atención. Se dio vuelta justo cuando lo alcanzaba. Nunca olvidaré su expresión de sorpresa, alivio e inmensa gratitud cuando le di la billetera.