Llegué al centro de cuidados para personas con cáncer —donde me quedaría a cuidar a mi mamá— sintiéndome sola y con miedo, y a más de 1.200 kilómetros de mi familia. Pero antes de que pudiera siquiera tocar mi equipaje, Frank, un hombre con una sonrisa enorme, ofreció ayudarme. Para cuando llegamos al sexto piso, yo había planeado visitar a su esposa Lori, la cual lo cuidaba durante su tratamiento. Pronto, fuimos como familia, al descansar en Dios y unos con otros. Nos reíamos, nos desahogábamos y orábamos juntos. Aunque nos sentíamos desplazados, nuestra conexión con Dios y entre nosotros nos mantuvo arraigados en el amor.