Lyn-Lyn, de diez años, por fin había sido adoptada, pero tenía miedo. En el orfanato donde había crecido, la castigaban por el más mínimo error. Entonces, le preguntó a su mamá adoptiva, que era amiga mía: «Mamá, ¿me amas?». Cuando mi amiga le contestó que sí, la niña preguntó: «Y si cometo un error, ¿me seguirás amando?».