«QUEBRADO» era el apodo de Gerardo, e incluso lo había grabado en la matrícula de su coche. Aunque no tenía un sentido espiritual, encajaba con este apostador, adúltero y engañador de mediana edad. Estaba quebrado, emocional y financieramente, y lejos de Dios. Sin embargo, todo eso cambió una noche cuando el Espíritu de Dios lo convenció de pecado. Esa noche, confesó pecados que pensó que se llevaría a la tumba y aceptó el perdón de Jesús. Durante los próximos 30 años, el hombre que no creía que llegaría a los 40 vivió y sirvió a Dios como un creyente en Jesús. Cambió sus matrículas de «QUEBRADO» a «ARREPENTIDO».