En 1883, cuando se completó, el Puente de Brooklyn fue considerado «la octava maravilla del mundo». Pero un solo y delgado alambre que unía una columna del puente a la otra fue vital para que la estructura diera resultado. Cinco mil alambres más se agregaron al primero, hasta formar un cable sólido que se entrelazó con otros tres. Esto ayudó a sostener el puente colgante más largo de su época. Lo que empezó como algo pequeño se convirtió en una parte enorme de la estructura.