Al mirar el teléfono, fruncí el ceño y suspiré. Una amiga y yo habíamos tenido un desacuerdo por un problema con nuestros hijos, y sabía que tenía que llamarla y disculparme. No quería hacerlo porque seguíamos estando en desacuerdo, pero sabía que yo no había sido amable ni humilde la última vez que hablamos del tema.