En los últimos días de la vida de mi papá, una de las enfermeras pasó por su habitación y me preguntó si podía afeitarlo. Mientras le pasaba con suavidad la navaja por el rostro, explicó: «A los hombres de su generación les gusta afeitarse todos los días». Ella había visto una necesidad y actuó para mostrar bondad, dignidad y respeto. Su cuidado tierno me recordó a mi amiga Julia, que todavía le pinta las uñas a su madre anciana porque es importante que su mamá «se vea linda».