En 1917, Frederick Lehman, un empresario atormentado por reveses económicos, escribió la letra del himno «Oh amor de Dios». Su inspiración lo llevó a escribir rápidamente las primeras dos estrofas, pero quedó atascado en la tercera. Entonces, recordó un poema que se había descubierto grabado en las paredes de una prisión y que expresaba una profunda conciencia del amor de Dios. El poema tenía justo la misma métrica que su himno, así que lo convirtió en la tercera estrofa.