El sol estival estaba saliendo y mi risueña vecina, al verme frente a mi casa, me susurró que me acercara. «¿Qué pasa?», dije intrigada en voz baja. Señaló hacia el porche, donde había una pequeña taza de paja encima de un escalón. «El nido de un colibrí —susurró—. ¿Ves las crías?». Los dos picos, pequeños como alfileres, apenas se veían mientras apuntaban hacia arriba. «Están esperando a la mamá». Nos quedamos allí, maravilladas. Saqué el teléfono para tomar una foto. «No te acerques mucho —dijo ella—. Que la madre no se asuste». Y así, adoptamos, desde lejos, una familia de colibrís.
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