Criado en un hogar turbulento de Londres, Claudio empezó a vender marihuana a los 15 años y heroína a los 25. Para ocultar sus actividades, se convirtió en mentor de jóvenes. Poco después, su supervisor, un creyente en Jesús, comenzó a hablarle, y Claudio quiso saber más. Tras asistir a un curso sobre la fe cristiana, «retó» a Cristo a entrar en su vida. «Sentí tanto su presencia afectuosa —dijo—. La gente vio un cambio en mí de inmediato. ¡Era el traficante de drogas más feliz del mundo!».