Cuando tenía diez años, llevé a casa una cinta de casete de un amigo que contenía música cristiana contemporánea. Mi papá, que se había criado en un hogar hindú pero había recibido la salvación en Jesús, lo desaprobó. Quería que en casa solo hubiera música de adoración. Expliqué que era un grupo cristiano, pero no cambió de opinión. Después de un tiempo, me sugirió que escuchara las canciones durante una semana y decidiera si me acercaban a Dios o me alejaban de Él. Fue un consejo sabio.