Después de otra semana de verme sacudida por más reveses médicos, me hundí en el sofá. No quería pensar en nada. No quería hablar con nadie. Ni siquiera podía orar. El desánimo y las dudas me agobiaban cuando encendí el televisor. Comencé a mirar una publicidad que mostraba a una niña que le hablaba a su hermanito. «Eres un campeón», le dijo. Mientras ella seguía alentándolo, la sonrisa de él fue creciendo… y la mía también.