Una mañana, nuestros hijos más pequeños decidieron levantarse temprano y prepararse el desayuno. Ese sábado, cansados tras una semana agotadora, mi esposa y yo estábamos tratando de dormir hasta, al menos, las siete de la mañana. De repente, ¡oí un ruido tremendo! Salté de la cama, bajé la escalera corriendo y encontré un bol roto, cereales por todo el piso y a Jonás —nuestro hijo de cinco años— tratando desesperadamente de barrer (más bien embadurnar) el pegajoso caos. Mis hijos tenían hambre, pero decidieron no pedir ayuda. Prefirieron la independencia a la dependencia, y el resultado no fue, claramente, una delicia culinaria.