La vida familiar de Andrea era inestable, y se marchó a los catorce años y buscó trabajo. Como anhelaba amor y afirmación, más adelante fue a vivir con un hombre que la introdujo en el mundo de las drogas, lo cual se sumó al alcohol que ya bebía. Sin embargo, la relación y las sustancias no satisfacían sus anhelos. Siguió buscando, y después de varios años, conoció a unos creyentes en Jesús que le ofrecieron orar por ella. Unos meses después, por fin encontró a Aquel que saciaría su sed de amor: Jesús.