Hace poco, vi una foto de la escultura de Miguel Ángel, Moisés, donde se señalaba un pequeño músculo abultado en su brazo derecho: el extensor propio del meñique. Su contracción solo aparece cuando alguien levanta el dedo pequeño de la mano. Miguel Ángel, conocido como un maestro de los detalles, prestaba especial atención a los cuerpos humanos que esculpía, agregando características que la mayoría pasaría por alto. Conocía el cuerpo humano como pocos escultores, pero los detalles que tallaba en la piedra eran sus intentos de revelar algo más profundo: el alma, el interior de los seres humanos. Y por supuesto, en eso siempre se quedaba corto.
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